Hace dos domingos fui a ver una obra de La Fura dels Baus, que se llama Boris Goudunov; al escribir sobre ella pareciera que sé perfectamente de que hablo, como si me fuera por demás familiar; y al escribir el nombre de la compañía teatral sin tener que corroborar que este bien escrito, me hace parecer que la conociera desde hace mucho tiempo; pero en realidad no es así, nunca había escuchado sobre esto; fue una recomendación, y como pocas veces hice caso a ella; por suerte iba con otras personas que si sabían de que trataban este tipo de obras. Antes de que empezara, naturalmente vi el programa, y por lastima vi una foto que me explicó, o por lo menos me dio una idea sobre lo que iba a pasar después. De no haber visto la foto, el impacto, que de por si fue enorme, hubiera sido más bien del tipo aterrador y digno de un grito muy afeminado.
La situación en que se desarrolla la obra y las frases que componen los diálogos, evitan que puedas detenerte a pensar que estas sólo en el teatro y que en un pequeño lapso de tiempo saldrás de nuevo a las ruidosas calles del centro histórico, que por la cegante tarde harás un gesto muy poco agraciado, y te irás plácido a tu casa, donde cenaras, dormirás y despertarás al día siguiente en donde te quedaste por última vez. NO!, aquí no. Son dos los motivos por los que no puedes abstraerte de la situación en la que los excelentes actores te colocan: por que la tensión que representan en el escenario, y sobre todo abajo de él, es absoluta y permea todo el ambiente; y la segunda por que si bien el terrorismo en México es un fenómeno muy poco usual, el secuestro, el hartazgo social, las violaciones causadas por una guerra disfrazada de lucha por seguridad, la decadencia acelerada de la política (aunque habría que pensar sí hablar de decadencia presupone la existencia de condiciones óptimas en un momento previo al que se califica de decadente; de ser así no podemos hablar de decadencia por que ese momento que al parecer nos coloca fuera de la historia, nunca sucedió en México, bueno según yo), la ausencia de acuerdos, la falta de estadistas, la situación de pobreza que se acrecienta, el aumento de muertes por hambre y SED, las violaciones a derechos humanos sucedidas no como fenómenos casuales y esporádicos, sino como actos reflejo de políticas autoritarias, no como fenómenos aislados -aunque las autoridades lo pretendan comunicar así (basta con leer las razones por las que no aceptan las recomendaciones del sistema ombudsman)-, sino como actos recurrentes que toman carta de naturaleza en las detenciones y en general en el proceso penal. Estas dos situaciones, una propia de la obra y la otra propia de nuestra condición de mexicanos, evita que nos separemos y demos poca importancia a lo que narran...
Después de salir anonadado, boquiabierto y sin aliento, ni siquiera para intentar comentar lo que acababa de ver... no dejo pensar en una idea particular: el diálogo entre Oscar (el "Jefe" de la organización terrorista que secuestra el teatro) y la negociadora del Estado (pretendiendo lograr la liberación de los rehenes), sobre la legitimidad de sus actos, deriva en una afirmación con la que concuerdo fatalmente. los medios para conseguir justicia deben ser siempre igual de justos -o aún más- que el fin que se persigue con ellos. Empero, sin justificar el terrorismo, ni mucho menos concordando con la guerra justa -y que me perdonen los que sí hayan leído correctamente a Grocio y a Vitoria (cosa que sinceramente no he hecho)-, Oscar contesta con lógica que favorece a una buena parte de la realidad, y sobre todo a la realidad de nuestro país, con el nivel de analfabetismo y sobre las diferencias socio-económicas abismales que generan odio entre las "clases", no es posible pedir diálogo y no es posible exigir a quien lo ha perdido todo, incluyendo a su novia, a su madre, a su hermana, a causa de la pobreza, o a causa de la delincuencia o la lucha contra ella, que no acuda a medios violentos, que no exijan frenar la violencia por medio de violencia; como ya había dicho, la violencia que crea derecho es igualmente violencia como aquella que lo destruye; sin embargo, cuando estos son los únicos medios conocidos, estos se convierten en los medios más justos.
¿Es posible pedir la participación de la insurgencia en el diálogo cuando ésta está integrada por quienes no tienen otro medio que las armas?
Ceder las armas a la política, y sobre todo construir diálogos abiertos entre las personas que viven en un país y sobre los cuales se recargan los abusos del poder (en cada caso particular) y las personas que constituyen el gobierno y que por tanto dirigen el poder público revestido de la gloria estatal, debe darse en favor siempre de los primeros, y nunca en un plano de igualdad desdibujada que me recuerda la imagen del panthocrathor bizantino, donde la abstracción y falta de expresión nos imponen una imagen divina en la que los matices y la flexibilidad son elementos ausentes frente a esa imagen etérea -espero que nadie que sepa de teoría de la estética lea esto-; pues existen diversas diferencias que deben ser consideradas, la principal es la diferencia de situaciones reales, pues los primeros se encuentran en estado de indefensión respecto de los segundos, toda vez que de manera directa -a través de acciones u omisiones- o de manera indirecta -a través de medidas legislativas, ejecutivas, judiciales- los segundos han violado los derechos de los primeros, por el simple hecho de sobrepasar los límites objetivos que las libertades imponen al Estado, y han recurrido al más bajo de los autoritarismos y han creado un ambiente de inseguridad que no puede verse simplemente como una cuestión casuística que pretenda simplemente ser señalada con fin de cambiarla, NO!!, para aquellas personas que han perdido a sus hijas por las desapariciones forzadas sucedidas en Ciudad Juárez es más que una sensación o un sentimiento de criminalización, es algo más que solo un efecto sociológico de la incompetencia estatal o de la impunidad y la falta de interés por dejar de ser violadores asiduos y naturales de derechos humanos, creo que no debe verse sólo como una cuestión colectiva, dejando atrás cualquier triunfo liberal que nos permita ver al individuo frente al colectivo social.
La individualización de los conflictos sociales, por otra parte, produce la ausencia de grupos que ejerzan el equivalente a las acciones de clase (class actions, Estados Unidos), o de alguna u otra manera, no necesariamente legal, por que frente a la ausencia de instrumentos legales que faculten a los individuos para exigir por medio de alguna institución pública (ya sea la Cámara de Diputados, o deseablemente los Organismos Públicos que componen al sistema ombudsman) los motivos por los cuales se han tomado ciertas decisiones, o se han impuesto ciertas políticas públicas. La ausencia de estos medios no es excusa para la inobservancia de lo que los individuos exigen, no son aquellos súbditos de los agentes gubernamentales, ni los segundos son dictantes de los primeros; al contrario. Sin embargo, en un sistema positivo excluyente, no podrían establecerse medios creados y aprobados por algún poder constituido que asuma y legitime dicha actuación, a fin de que no se dé cabida a poderes de facto ilimitados, como podría serlo en caso de que un grupo de presión actúe de tal forma, que deriven sus actos en violencia; ya que frente a la ausencia de medios de participación política para aquellos que no han sido bendecidos por los diferentes jerarcas de los partidos para ser partícipes del debate público, la ausencia de medios legales para exigir rendición de cuentas, y sobre todo de sanciones a la autoridad que cometa alguna violación dilucidada por medio del ejercicio de transparencia, nos coloca a todos en una posición de sumisión, que nos impide lograr espacios de diálogo frente a situaciones extremas como la lucha contra el narcotráfico, o las políticas tomadas a partir de la heurística de disponibilidad, y no según el cumplimiento a los derechos humanos y respetando los limites legales de cada agente del poder público; aún cuando su intensión sea limitar poderes salvajes.
Por tanto ¿cómo podremos exigir a la gente que, como se decía antes, ha sido presa de terribles acontecimientos, de notables injusticias, y que han sido oprimidos hasta el grado de sentirse aplastados? ¿Cómo exigir a los que no han tenido mayor oportunidad de recibir educación, ni mucho menos de haber estudiado si quiera la secundaria, que expresen sus exigencias a partir del diálogo con quienes lejos de encontrarse en la misma situación, constituyen un ejemplo claro de la diferencia social, y cuando ni si quiera existen plazas ni espacios para lograrlo?, ¿Cómo exigir en esta situación que no se recurra a las armas, y que al contrario, sean las mejores armas el diálogo y el acuerdo? ¿Cómo pedir medios justos, si las causas son terriblemente injustas?
En ningún momento pretendo estar de acuerdo con la violencia, ni mucho menos legitimar ningún movimiento de violencia emergente, al contrario, repudio cualquier brote violento ejercido aún cuando fuera para frenar otro acto de violencia; sin embargo, frente un estallido social, que podemos esperar, si el único medio que pareciera ser el real, y muchas veces es el único medio conocido la violencia...
viernes, 9 de octubre de 2009
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